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sábado, 27 de septiembre de 2014

MICRORRELATOS AL VUELO


El microrrelato es un género literario que se caracteriza por su brevedad. En nuestra asociación creamos micro cuentos o micro historias a partir de disparadores creativos como la música, una frase, una palabra, etc., escritos en muy poco tiempo; entre cinco y diez minutos. Aquí os dejo una muestra de algunos de estos microrrelatos.

NEPTUNO
En clase aprendió que el mar estaba habitado por el dios Neptuno. Esa tarde caminó hasta la playa e introdujo los pies en el agua. Fijó los ojos en el horizonte y dijo: si me amas quiero una señal. Sonrió ante la estupidez del juego. De pronto notó un picotazo en el tobillo y vio alejarse un pez. Cuando quiso salir de la orilla su cuerpo se llenó de escamas.

ANÓNIMO
Guardo todas tus sonrisas junto a todos mis sueños contigo. El día que cumpla mi sueño,  sonreirás  conmigo.

COLEGIO
En el  recreo, Marta me ha tirado de las coletas. Se me han caído dos pecas al suelo y me he puesto a llorar. Al preguntarme, le he dicho que las había perdido para siempre porque no las podía encontrar entre la arena.  Ella se disculpó,  abrió la palma de su mano y me ofreció un puñado de las suyas.

UN LARGO BAÑO DE ESPUMA
A Sarita le gustaban los baños de espuma, porque dice que son nubes que flotan en la bañera. Cuando su madre la sumerge, la niña despliega sus brazos y vuela por el cielo hasta que el agua se enfría. Algunas veces, la baña su papá, pero con él se resiste, cuando le preguntan por qué, ella contesta que  con él siempre hay pulpos debajo del agua.

MIMO
El tic tac del reloj se asoma al patio, donde Marcel el mimo ensaya como ser una fuente. La música marca el tiempo que pasa a su alrededor.  Desde mi ventana pienso, cómo de alguna manera todos somos mimos, igual que yo mirando ahora desde este marco.



Encarni Fernández Sánchez





martes, 19 de agosto de 2014

VERSOS QUE CAMINAN, PALABRAS QUE SUEÑAN Colaboración de Encarna Fernández



Vuelo en la noche


   Apenas faltan unas horas para que amanezca. Camino hacia casa después de una noche de insomnio. En el parque, un hombre frente a la estatua de la Victoria, grita: ¡préstame tus alas Atenea!, ¡déjame volar sobre el horizonte! Dame ese privilegio porque soy el espíritu de la ciudad, éste que vaga a deshoras, que se ha perdido entre escombros  y descampados por el casco antiguo, esa parte donde comenzó la urbe y se extendió en hileras de casas que ahora se caen en pedazos. Monumentos que hablan más del pasado, por sus grietas, que de un presente atento y pulcro.

   ¡Vamos Diosa de la Victoria, al menos baja unos instantes y mira las nuevas cicatrices que han dejado los raíles a tu alrededor! Tú también callas, permaneces en silencio con tus alas desplegadas, erguida en ese pedestal que te hace sublime y a la vez lejana a los problemas mundanos. Yo también  pensaba que mi lugar estaba en todas partes, o en ninguna, pero desde que las calles se abren ante mí, una a una, barrio a barrio, desde los hogares hasta los palacios y el castillo con sus torres, desde sus leyendas y su historia hasta el cementerio de San Eufrasio, desde la Catedral hasta  las iglesias… Mi existencia nace en cada lugar, para añadirse a cada rincón, a casa monumento, a cada plaza. Esta batalla no te interesa, lo sé, es toda mía.

   El hombre parece abatido, cierra los ojos, los abre, y continúa gritando nombres de avenidas, travesías, callejones… como si  un padre nombrara a sus hijos e hijas.
   Extenuado y cabizbajo, se dirige a la marquesina y espera, espera al tranvía hasta que aborda el andén y desaparece a lo lejos.
   Alzo la mirada y el ángel de la Victoria no está en su lugar. La columna se ha quedado vacía.






Notas de papel


   Tenía la ciudad en la punta de sus zapatillas de ballet y se sentó a descansar. Ella siempre fue la bailarina de la calle Colón. Desde niña se colaba en todas las audiciones del conservatorio para escuchar la música que los diferentes alumnos interpretaban. De todos los instrumentos prefería los sonidos del piano y del violín, aunque comenzaron a gustarle los tonos agudos de otros instrumentos. En esos pequeños conciertos, cerraba los ojos y se dejaba transportar por la música. 

   Una de aquellas tardes de ensayo, Ángela esperó a la salida del conservatorio a uno de los chicos que tocaba el violín, era el más alto y el de pelo más oscuro. Al verlo se dirigió a él, le sugirió que abriera ambas manos y puso entre ellas  muchas notas de música recortadas en papel. El chico sonrió.
    –Quiero que me regales el sonido del violín. –Le dijo la niña.
    – ¿Cómo podría hacerlo? –preguntó. Después de un breve silencio se dirigió a ella.
    –Tú solo debes escucharme cuando toco –le comentó el joven mientras guardaba las notas en su mochila.
    –Necesito que la música me llene, desde los pies hasta la cabeza –le volvió a replicar con una expresión brillante en los ojos.
    – ¿Y si toco el violín para ti, qué harías? –Le interrogó.
    –Bailaré. –Contestó ella.

    Al día siguiente llevó sus zapatillas, esperó al chico en la puerta del conservatorio y le suplicó que tocara.  El joven  alzó el arco, la acomodó sobre las cuerdas y la música comenzó a desprenderse del instrumento por el aire. Ángela la recibió sobre su cuerpo. Sentía como la lluvia le empapaba los sentidos. Con sus movimientos en un pentagrama imaginario bajo sus pies, alzaba los brazos dibujando las notas con su figura. Las calles fueron el escenario abierto para unas zapatillas y la música de un violín durante semanas.


  Después de muchos años,  reposa  e imagina en el mismo sitio, como si los recuerdos llevaran melodías en su cabeza y sonaran al mismo ritmo de una partitura, aguardando el regreso del violinista que una tarde la dejó sin música.





Fotografías y texto: Encarna Fernández Sánchez


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lunes, 5 de agosto de 2013

PERFILES



Encarni Fernández Sánchez
 
"Desde niña  llevo grabado el sonido de las olas del mar, nací en  Adra(Almería), una orilla en la que quedó anotada parte de mi vida,  escrita quizá en la memoria  del agua, y de la cual me alimento  para no olvidar mis huellas en la arena. La otra parte de mi historia la acoge la tierra adoptiva de Jaén, en ella escribo cada día con palabras de viento que mueven mis hojas desde las raíces. Y tal vez,  comencé  a escribir  para ser sólo aire, ese  que viaja como la voz de mi abuelo Juan  y me traía los cuentos  que, aún me acompañan para imaginar que la vida también se respira  si abrimos los brazos  y sujetamos un arco iris."



LA COSECHA

      Como cada tarde, cuando los colores se van apagando en el cielo, Manuel  prepara la chimenea, la enciende y después de lavarse las manos se sienta  en su escritorio  a emborronar una gastada libreta  con todo lo que le ha acontecido en  su trabajo diario.  Ese día pensó en el poder que tenían las palabras mientras plantaba  en su parcela unos cuantos   caballones.  Y  ahora, justo en el momento de su descanso, anotó en su cuadernillo  la palabra surco,  trazando con su lápiz cada letra hasta que podía plantar toda clase de semillas en una hoja de papel y que con el tiempo cubrirían un vasto campo de caracteres.  La tinta se encargaría de  buscar las raíces en el pliego y crecerían con sus tallos más largos entre aquellas palabras que se aventuraban a elevarse  hacia los espacios en blanco, sería allí donde darían sus frutos- pensó Manuel.

 También por la mañana escribió con sus manos en la tierra, y con sus dedos   otra forma de dibujar con las simientes  una futura  producción en esos huecos con los que se ayudaba a enraizar  la confianza.  Con el calor del fuego  cubriendo la habitación se imaginó a sí mismo como un  mago que sostiene el  lápiz de los deseos, unos que   labran el campo y otros que se forjan  en quimeras.  

 Y para celebrar ese descubrimiento, se llenó  un vaso de vino  hasta el borde y brindó  por la próxima recogida.  Quiso bebérselo de una vez  y  se atragantó con una palabra llena de astillas  que se había colado de un mal pensamiento.  Tal era la asfixia y el dolor punzante en el pecho que  se marchó al hospital. Una vez allí, después del  reconocimiento, una enfermera se  acercó   y le comunicó que habían hallado su problema, le iban a extraer la palabra incrustada y en su lugar lo iban a curar con esperanza.

                     Encarni Fernández Sánchez 

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