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viernes, 12 de septiembre de 2014

VERSOS QUE CAMINAN, PALABRAS QUE SUEÑAN. Participación de Cristina Piñar


Foto: E. Fernández

A quien Dios quiso bien…

¿Para que le haría yo caso a mi madre? “Preséntate también a las oposiciones en Andalucía, niña, que allí hay más plazas y aquello tiene que ser precioso”. Cuando recibí la llamada en el móvil y vi aquel número tan largo, supe que era de la bolsa de trabajo. Me temblaba todo el cuerpo. Seguro que me mandaban a un pueblo perdido de la sierra de da igual que provincia. Crucé los dedos y cogí el teléfono. Efectivamente, al otro lado se encontraba un funcionario de la Junta de Andalucía comunicándome que había surgido una baja para todo el curso en un colegio de Jaén capital. “¡Vaya!, pensé, “¡al menos no es un pueblucho de mil habitantes!”.

            Me dieron tres días hábiles para incorporarme a mi nuevo puesto de trabajo. Al ser miércoles, tenía casi una semana para sacar los billetes, buscar piso, y acomodarme en la ciudad. Recopilé información en Internet y comprobé que Jaén es pequeño y tiene unos alquileres bastante baratos. Esto me pareció estupendo, pues podría ahorrar más. Eso si, me costó encontrar un autobús o tren a una hora que medio me interesara para desplazarme hasta allí. Por supuesto nada de alta velocidad ni primera clase, tan solo el regional y buses normales y corrientes.

            Aún no había salido de casa y ya conocía varios aspectos positivos y otros tantos negativos del lugar al que me dirigía. Según leí en algunos foros, allí no hay ni otoño ni primavera, se pasa directamente del frío invierno al caluroso verano y viceversa, con unas temperaturas, no aptas para cobardes, que pueden llegar a rondar los 40 grados. De todas formas, esto es algo que prefería comprobar por mí misma, pues tenía entendido que la gente del sur es un poco exagerada.

            Mi autobús llegó a la estación de Jaén a las once de la noche, y al no conocer bien el terreno, decidí coger un taxi que me llevara al piso que había alquilado. Casi no me había sentado cuando el taxista dijo: “Ya estamos aquí, señorita”. El recorrido se me hizo cortísimo y entendí que las distancias en la capital jienense no son muy grandes. Otro punto positivo para la ciudad. Además, el hombre fue muy amable, aunque a penas nos dio tiempo a intercambiar unas palabras.

            Hasta ahí mi primera noche en la llamada capital del Santo Reino (algo de lo que me enteré más tarde). Hice la cama y me acosté. Al día siguiente comenzaba mi pequeña aventura en Jaén y aunque tengo que reconocer que al principio no me gustaba nada la idea de trabajar allí, sentía curiosidad por conocer nuevas gentes y lugares.

            Mi primer día de trabajo en aquel colegio fue fenomenal. Los compañeros súper simpáticos, los niños una monada, y el edificio, situado en pleno centro histórico, resultaba encantador. El piso estaba cerca, por lo que podía ir andando, de buena mañana, dando un agradable paseo por las empedradas calles. Eso si, adiós a los zapatos de tacón y bienvenida a las cuestas. ¡Porque mira que hay cuestas en esta ciudad!

            Conforme pasaban los días, más me gustaba Jaén, aunque había, y sigue habiendo cosas, que nunca entenderé. El dicho ese de “Jaén ni poyas” no me gusta nada y me resulta bastante ordinario, pese a que ya me han contado sus posible orígenes que no tienen nada que ver con lo que, a priori, se pueda pensar. Tampoco comprendo a quien se le ocurrió la “feliz idea” de construir un tranvía absurdo e innecesario para la ciudad que, para colmo de males, ni siquiera ha llegado a funcionar, bueno si, tan solo unos días en el llamado periodo de prueba. Las pintadas en las paredes de las calles es otra cosa superior a mí. Afean el entorno y dañan la imagen de la ciudad, al igual que los chicles en el suelo y algún que otro excremento de can (mierda de perro dicho finamente).

            Lo que me encanta es el Castillo de Santa Catalina, la Catedral, los Baños Árabes; dar un paseo por el Parque del Boulevar; tomarme una cerveza fresquita con su tapa correspondiente en las tascas de San Ildefonso; la amabilidad y simpatía de los jienenses, sus bromas y chistes; poder ir a todos lados caminando… La verdad es que, poco a poco, me hice a esta ciudad a la que no quería venir, a sus calles, a sus plazas, incluso a sus empinadas cuestas. A los días de lluvia con aire (¡cuántos paraguas habré roto desde que estoy aquí!) y a las jornadas de calor insoportable en las que ni el helado ni la cerveza refrescan.

            Dicen que el tiempo pasa rápido cuando se disfruta y eso mismo es lo que me ha pasado a mí. Ahora, cuando quedan un par de semanas de curso, escribo estas líneas recordando mi andadura por Jaén y me entra nostalgia de pensar que pronto me marcharé. Espero que esto no sea un adiós, sino un hasta luego. ¡Cuánta razón tiene el dicho de “A Jaén se entra  llorando y se sale llorando”!

Cristina Piñar Morales

           


           

jueves, 5 de diciembre de 2013

Una tarde entre letras


           Aroma de café, palabras hilvanadas con cariño. Nervios, ilusión. Un público respetuoso, cálido y amable. El ambiente no podía ser mejor para compartir una tarde literaria en el Mazas. Rocío fue la encargada de presentar el acto, presidido por el cartel diseñado por Carlos para la ocasión. Tras ella, Juan Antonio rompió el hielo con dos escritos que hacían presagiar buenos momentos en torno a las letras. Así fue. Cada uno de nosotros dio lo mejor de sí para hacer llegar al respetable lo que quería trasmitir con sus textos. Relatos, cuentos y poemas cargados de sentimientos, se sucedieron acompañados por los aplausos de los allí presentes.

Hubo momentos para el romanticismo, la melancolía, la risa y la reflexión. Todos con su estilo propio, ese que nos caracteriza y diferencia de los demás. La dulzura de Sara, la espontaneidad de Paco, la ternura de Alicia, la fuerza de Juani, la juventud de Jorge y las tablas de Encarni, nuestra presidenta, que, cómo dicen algunos, parece haber ascendido del café al capuchino en esto de la escritura.
Con el paso de los minutos, conocimos a personajes dispares. Cristóbal nos presentó a Lola, una mujer altiva que acabó reconociendo sus errores, mientras que Chelo, contribuyó a las risas del público con las aventuras y desventuras de Cándida y su “churri”. Carlos, por su parte, conmovió con la historia de Irene, una mujer víctima de malos tratos.  
Las sorpresas tuvieron cabida en una tarde que resultó más emotiva de lo esperado. Carmen se animó a leer su relato ´Pantera Rosa´, que desató las carcajadas de todos, mientras que Begoña regresó, con más fuerza que nunca, aportando dos pequeños textos que leyó a través del teléfono móvil. No faltó la presencia de Fernando, que si bien no leyó ninguno de sus escritos, si que contribuyó al acto con su apoyo y sus buenos consejos. Además, Marina y Juani, dos de los últimos fichajes de la asociación, también quisieron estar con nosotros para arroparnos.
Varios compañeros, coincidieron en elegir relatos escritos bajo el lema “Peces de colores”, lo que permitió mostrar el trabajo que realizamos cada semana gracias a nuestras reuniones en la Biblioteca Provincial.

El broche final lo puso José Miguel con su particular forma de leer sus característicos trabajos, toques de flamenco y guitarra incluidos. Había llegado el momento de terminar la lectura. Y como es de bien nacidos ser agradecidos, Rocío volvió a dirigir unas palabras a quienes se habían animado a acompañarnos en una tarde muy importante para nosotros. Dio las gracias a todos, en especial a Gregorio, sin cuya colaboración no hubiera sido posible la realización del evento, y animó, a quienes tengan inquietudes literarias, a sumarse a la asociación. ´Café de Palabras´ es un colectivo que está abierto a todo aquel que ame y sienta la escritura. Nosotros, por nuestra parte, continuaremos aprendiendo y mejorando, lunes a lunes, dentro de esta pequeña gran familia que ya formamos. 


Cristina Piñar Morales

domingo, 25 de agosto de 2013

RESERVA



Cristina Piñar Morales
"Siempre me ha gustado escribir, y desde que tengo uso de razón he querido ser periodista, una profesión que me apasiona. También me atrae la literatura. Ambos terrenos te permiten contar historias, aunque este último, además, te concede la licencia de imaginar, inventar y crear otros mundos y situaciones. Ahí es dónde radica su magia. A veces, escribir sirve como desahogo, una vía de escape para plasmar por escrito vivencias y sentimientos. Otras, ofrece la oportunidad de dar rienda suelta a la imaginación, sintiendo el poder de crear personajes que actúan y se comportan tal y cómo tú mismo decides.
El vértigo ante la presencia de una hoja en blanco siempre está ahí. Es todo un reto rellenarla con palabras que, unidas unas a otras, cobren vida y sean capaces de llegar al lector, pero al menos hay que intentarlo. Y en ello estamos, aprendiendo unos de otros y todos juntos dando pequeños pasos literarios gracias a la asociación “Café de Palabras”.




LE FALTABA UN LADRILLO

Se detuvo y miró a su alrededor. ¡Las cosas habían cambiado tanto en los últimos años! El paisaje de la ciudad continuaba repleto de grandes edificios y los coches no dejaban de transitar por las carreteras formando grandes atascos en las consideradas horas punta. A pesar de ello, había una cosa que echaba en falta, algo con lo que se entretenía en aquellas interminables mañanas de jubilado y que, de un tiempo a esta parte, había terminado por desaparecer. No, no era el café con los amigos en el bar, ni la lectura sosegada del periódico, ni siquiera el ruido de los niños de la pareja que hasta hace poco habían sido sus vecinos. Llevaba meses pateándose distintos barrios en busca de su objetivo, pero nada, ni rastro, lo más parecido que encontró fueron algunos edificios a medio hacer, en las afueras, que no tenían pinta de ser terminados a corto plazo. Lo que añoraba, y nunca pensó que llegara a hacerlo, era contemplar obras, mientras más grandes y faraónicas, mejor. ¡Pues vaya con la crisis del ladrillo! Pensó. Y ahora ¿en qué me entretengo yo?

Cristina Piñar Morales



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